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sábado, julio 13, 2024
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VIOLENCIA SIMBÓLICA

Violencia simbólica. Un comentario personal en torno a la exaltación y/o la defensa de identidades segmentadas.

Desde que denunciar violencia simbólica se ha vuelto tan fácil y socialmente reconocido, por hordas de pelotudos que desde la comodidad de sus dispositivos móviles se quejan por la ausencia de moderaciones en todo tipo de realizaciones artísticas del pasado y del presente mismo, que no se supeditan estándar de lo políticamente correcto, lo que antes constituía el progresismo más recalcitrante y anti convenciones, hoy se parece cada vez más a un órgano de censura más propio de una dictadura, que el resultado de un mundo orgulloso de la libertad de pensamiento y las bondades del sano intercambio de las ideas.

Y mientras el mundo de la realidad se nos cae a pedazos, por una sociedad tecnológicamente híper globalizada, pero en la que las contradicciones del gran capital siguen hoy haciendo de las suyas, con igual o mayor calado que cuando el propio sistema capitalista comenzara, se es posible ver cada vez a más gente ocupada de inconformarse con estupideces y/o nimiedades –que se atiendan o no, es un hecho que no harán ninguna diferencia sobre sus vidas–, al tiempo que no dicen lo más mínimo por los flagelos más groseros del mundo.

Por eso no sorprende en lo absoluto que tengamos ahora mismo una sociedad orgullosa de su propia decadencia, y que no pierde nunca la ocasión de regodearse y/o celebrar por todo lo alto la exaltación de todo tipo de identidades baladíes que rayan en lo absurdo. Alentando hipersensibilidades fuera del más elemental sentido común; tenemos pues, una sociedad, en la que como dijera Mario Benedetti hace más de veinte años: Lo trivial se ha vuelto fundamental.

Tal parece que hoy en día se nos pierde lo importante y/o lo significativo en el nombre de mantener estándares políticamente correctos y/o todo tipo de identidades artificiosamente construidas y sostenidas. La cosa es que cuando no nos dividimos por razones de pensamiento y/o ideologías sociales o de partidarismos políticos, lo hacemos por razones de teología, cultura o religión, sin faltar los trasnochados que procuran razones de encono y/o divisionismo social –francamente ridículas–, por motivos de género, o incluso de preferencias íntimas, por mucho que disfracen la cuestión bajo el ardid de una tolerancia cuasi universalista, que lo incluye todo, menos el más mínimo sentido común.

Y ojo, no me malentiendan, si pienso que semejantes identidades carecen de la importancia que actualmente se les atribuye en aras de ser políticamente correctos. Lo creo de ese modo, por la sencilla razón de todas y cada una de tales identidades resultan en el mejor de los casos constructos sociales cuyos confines se supeditan al espacio de lo privado. Para decirlo más claramente, todas y cada una de esas identidades recalan en el contenido de decisiones personas que no tendrían porque ser de escrutinio y/o validación pública. Porque se tratan justamente de razones propias por las que cada uno de quienes las suscriben terminan ejerciendo sus respectivas vidas de un modo u otro.

Luego entonces, bien haríamos en recuperar las razones que genuinamente nos llaman a todos a intervenir en el espacio de lo público. Recuperar a un mismo tiempo el asombro y/o la mutua sensibilidad por temas que independientemente del contenido de nuestras vidas en lo privado, nos hicieran apostar por nuestras mutuas coincidencias. Porque antes que exaltar y/o exacerbar nuestras singularidades, tendríamos que recuperar el sentido de lo comunitario y lo compartido. No para desconocer que todos somos un mutuo crisol de singularidades, sino sencillamente para recomponer como sociedad nuestra capacidad de movilizarnos, procurando hacerlo fuera de la órbita de lo ideológico.

Para decirlo todavía más claramente, el tipo de problemas que a todos atañen sobrepasan por mucho los estrechos límites de nuestras decisiones personales. No creo pues, ni útil, ni razonable seguir apostando por concepciones atomizadas y/o segmentadas de problemas que por su profundidad y gravedad, a todos nos terminan alcanzando y/o incidiendo. Porque perdonen que lo diga de este modo, pero llevamos una veintena de años creyendo que conseguiremos algo razonable como sigamos apostando por fórmulas de movilización social que en vez de sumar voluntades, las dividen de forma artificiosa. Cuando es justamente por ello mismo, que más fácil les resulta a quienes se supone que toman decisiones en el nombre de todos, hacerse como se dice en la calle “ojo de hormiga”, para no sólo no hacer absolutamente nada, sino para encima lavarse las manos, alentando narrativas sectarias que sólo redundan en culpar a unos y victimizar a otros.

Con esos modos de concebir la realidad en la que vivimos, está claro que el mundo estará irremediablemente condenado a perecer y/o destruirse, mientras existan más razones para querer sostener –pese al daño que ello propicie–, una cadena causal de mentiras indulgentes, que para intentar defender cualquier verdad por más incómoda que esta resulte; aún si el reconocimiento público de las mentiras que nos cuentan quienes a decidir en el nombre de todos se ocupan, sirviera para aliviar la severidad con la que millones en el mundo viven, cualquier verdad que se considere utilitariamente significativa, resultará insuficiente por sí misma para remediar todo tipo de realidades que rutinariamente se silencian.

Mientras quienes llevan las riendas del orden público, sigan intentando desconocer, –como siempre han hecho, para su propio beneficio–, que más de la mitad de los problemas del mundo que se consideran virtualmente imposibles de resolver, tienen un origen artificioso y/o deliberadamente alimentado –a merced de identidades segmentadas–, por razones estructurales planificadas por ellos mismos, para reproducir las condiciones de su dominación, difícilmente conseguiremos algo mejor de lo que hasta ahora hemos conseguido.

Es pues el propio ser humano como agente de cambio de su realidad el que debe estar en el centro de lo público y no las identidades resultantes de sus decisiones personales. Porque como no lo entendamos, seguiremos como hasta ahora, privilegiando la inútil exaltación de identidades que podrán resultar todo lo políticamente correctas que se quiera, pero que no hacen ningún favor a quienes las invocan, ni a quienes pretendidamente las resisten.

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