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viernes, marzo 1, 2024
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SOBREVIVIRÁ IZQUIERDA SIN LÓPEZ. Parte II

¿Sobrevivirá la izquierda mexicana a la ausencia de López Obrador? Parte II

La semana pasada en este mismo espacio, ofrecí un análisis sucinto respecto a la compleja relación que subsiste entre el actual jefe del Ejecutivo y los grupos progresistas y/o de izquierda que históricamente le acompañaron en su ascenso al poder. Explicaba que por la naturaleza que su liderazgo ha tomado, –con un caris fuertemente carismática y/o personalista–, hoy por hoy la importancia de su figura se encuentra por demás sobredimensionada. Hecho que sin duda despierta las preocupaciones de propios y extraños, respecto a si los grupos que tradicionalmente le han acompañado a lo largo de los últimos 23 años, serán o no capaces de recomponerse y prevalecer una vez que este abandone la presidencia.

Asimismo expuse que dada la amplia distancia que media entre las preferencias del electorado, inclinados en su mayoría a votar por la candidata oficialista, se antojaba difícil, por no decir que imposible pensar que la oposición tenga una sola oportunidad de hacerse con la presidencia. De hecho en el mejor de los casos, lo más a lo que la oposición puede aspirar en las actuales condiciones, es a retener un mínimo la influencia que hasta ahora ha ejercido desde el poder Legislativo, por lo que es natural pensar que hacia este se encaminen la mayoría de sus esfuerzos de caras a la próximas elecciones federales.

Para el caso, la cuestión de fondo segurá siendo que como expuse hace una semana, la oposición sigue sin poder conectar de forma efectiva con la ciudadanía a la que aspira a gobernar, y lo que es peor para sus propios intereses, cada vez le queda menos tiempo, cuanto más se acercan las elecciones. Pero si el panorama de la oposición luce difícil por razones endógenas, las perspectivas del oficialismo, –con todo y que encabeza las preferencias del electorado, y por muy amplio margen–, no dejan de ser menos importantes como inciertas, porque ganar las elecciones no dice nada per se, respecto al cómo y/o cuál será la orientación que se ejerza una vez obtenido el poder.

La cosa es que la popularidad de la candidata oficialista, contrasta enormemente con la capacidad que hasta ahora han mostrado sus operadores para recomponerse a un escenario inminente: la salida del panorama público, de quien hasta ahora ha sido el líder cuasi natural de la llamada 4T, que hoy se agrupa en torno a la figura de Claudia Sheinbaum.

Mi mejor consideración al respecto, se inclina a pensar que dada la alta heterogeneidad de los intereses que históricamente se han agrupado en torno a López Obrador, puede ser altamente probable que tras la salida de este de la Presidencia de México, Morena termine pese a su éxito electoral, replicando muchas de las dinámicas que se avizoraron en el propio PRD, cuando este comenzó a resquebrajarse hasta terminar configurando un nuevo partido político.

Para decirlo en corto, una vez fuera del escenario político López Obrador, lo más seguro es que su ausencia termine desatando una fuerte pugna de intereses, que pueden terminar siendo mucho más determinantes en su futuro inmediato, que los infructuosos intentos de la oposición por recomponerse.

Para nadie es ningún secreto que el mayor peligro del propio Morena, son la amplitud de intereses y/o corrientes políticas tan disimiles que conviven en su interior, tras el sucinto referente del “obradorismo”; un amasijo de intereses, entre grupos progresistas y/o nacionalistas de viejo cuño, cuyo únicos factores en común, además del propio liderazgo carismático de López Obrador, fuera el manejo de una agenda pública de fuerte inspiración estatista y/o social, con todas las complicaciones que ello acarrea.

En tales condiciones, el mayor de los retos a los que Morena habrá de hacer frente una vez que López Obrador termine dejando la escena pública, se relaciona con el robustecimiento de su vida institucional, misma que hasta ahora se ha visto supeditada y/o relegada por las presiones naturales que existen y/o prevalecen para hacerse con posiciones electorales. El punto es que si bien Morena, es hoy por hoy una maquina clientelar-electoral, terriblemente eficiente, misma que cuenta con todos los beneficios –formales y fácticos– que conlleva ser la principal fuerza política del país, no es menos cierto también, que carece de la robustez institucional necesaria para suplir la ausencia de su liderazgo histórico más significativo.

Desde luego, no pocos se inclinan a pensar o suponer, que no habrá tal incertidumbre una vez que López Obrador concluya su mandato, porque se lo diga o no, se espera que el propio Obrador siga moviendo los hilos del poder, así sea que esté formalmente alejado de este. Sin embargo, dada la amplitud de intereses tan disimiles que han convergido históricamente en torno a su figura, no sería nada extraño que cualquiera de las corrientes que hoy integran Morena, –estén o no formalmente reconocidas–, termine buscando romper el actual equilibrio de facto que hoy prevalece. Que sí, Morena promete seguir siendo la primera fuerza política del país, y lo habrá de seguir siendo mientras la oposición se siga mostrando tan débil, enclenque y/o falta de ideas, como de sensibilidad social para conectar con el electorado, pero que lo sea o permanezca siéndolo por largo tiempo, no dice nada por definición de todo lo que se tendrá que terminar recomponiéndose.

Luego entonces, no parece tan claro si la llamada izquierda mexicana sabrá o no recomponerse una vez que su líder histórico más visible en los últimos veinte años, termine saliendo del escenario público del país. Desde luego, quizá sea todavía muy pronto para establecer qué sucederá en lo sucesivo dentro de los primeros pasillos del poder político en México, sin embargo, dadas las implicaciones de semejante escenario sobre la regularidad de la vida de los propios ciudadanos, lo menos a tener en cuenta, es la importancia de trabajar para consolidar el funcionamiento institucional de nuestra vida pública. Porque como no lo hagamos, sus referentes pueden terminar desgastándose de tal modo, que incluso se termine poniéndose en entredicho las conquistas políticas más significativas que como sociedad hemos tenido en los últimas cuatro décadas.

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