21.5 C
San Luis Potosí
martes, septiembre 27, 2022
Alta en whatsapp Visión Noticias

PRISCA, UNA HISTORIA NUNCA CONTADA

Ella era la más hermosa de las Martínez, su figura diminuta, su olor eterno de flor de narciso, su color de piel igual al cántaro de barro cuando está lleno de agua, sus ojos alegres y su sonrisa tenue, tímida que derramaba ternura y cariño para toda la gente. Prisca era una niña a pesar de ser una de las hermanas mayores, responsable ya de la ropa, la leña, el molino, la milpa, el pastoreo de los animales y vez en cuando cargar en su espalda al más pequeño de los niños.

La joven vivía atrás de la parroquia de San Miguel Arcángel, en aquellos tiempos cuando aún no estaban trazadas las calles a excepción del Camino Real, fuera de eso, casi todo era monte. La familia Martínez debió de ser una de las más importantes, dueñas de grandes extensiones de tierras y numeroso ganado, tanto abolengo, era inmaculado.

La inmensa casona de Prisca fue parte del convento de la Parroquia y se puede deducir por las imponentes bardas de piedra que aún siguen de pie atestiguando. Allí, en ese inconmensurable espacio Prisca se enamoró del más humilde peón, ese muchacho que haciendo leña y cargando agua le habían formado un cuerpo espigado y tan fornido, que las mantas nejas y roídas no podían disimular.

Un día de primavera se vieron mutuamente y ya nada volvió hacer igual, al principio eran las casualidades, días después eran encuentros provocados, en la misa, en el rio, en la tienda grande del pueblo, acá abajo por los corrales, cuando llegaba el camión amarillo y la gente bajaba con bultos de mandado; primero en los rosarios de María, luego en los de San José. Tal vez con el trajinar de la vida y las ocupaciones los vecinos ni se dieron cuenta, nadie sospechaba las miradas y los momentos, pero un padre que no se le escapaba un centavo, una cría o una carga de verduras, un hombre avaro y desconfiado y muy atento, que se le iban a escapar los incontables suspiros y las sonrisas eternas de la niña Prisca; le bastó con mirarla un par de días para encontrar el motivo de su desvelo.

Apenas finalizaba julio. Don José Martínez no dudo ni tantito en correr a palos al muchacho, luego que éste fue a dejar los botes de leche fresca a la mamá de Prisca. Lo insultó, le gritoneó, le prohibió volver a ver a su hija si quería seguir con vida. Furioso regresó a la habitación de las niñas y sin pensar un solo minuto la sentencia, le prohibió a Prisca nunca volver a salir a la calle o mataría al enamorado.

La puerta grande del zaguan se cerró para siempre para Prisca, pasaron las fiestas patrias y las fiestas de San Miguel y ella solo podía escuchar el sonar de las campanas, de los cohetes y el bullicio de la gente. A escondidas y recurriendo al ingenio y la desesperación, se subía por una vieja escalera de quiotes de maguey y miraba el mundo desde la inmensa altura de las bardas.

Como el narciso, que resiste heladas, que resiste sequías, pero no le quiten la mano santa que lo ama, porque lentamente muere; igual, a Prisca el desamor la desvanecía. Casi terminaba el invierno cuando su padre dijo que la niña había muerto de frío, pero era mentira… todo el pueblo sabía que Prisca había muerto de amor.

Te puede interesar

ültimas noticias