Resulta que nuestro mundo actual se hizo chiquito y, gracias al desarrollo tecnológico, cualquier lugar es cercano.
Y México no está lejano de nada y de nadie; más aún: nada nos es ajeno.
Por supuesto, el conflicto en territorio ucranio, tampoco.
Según el Instituto Nacional de Migración han ingresado a nuestro país, en lo que lleva gobernando AMLO, 92 831 ucranios y 238, 038 rusos; un diez por ciento de ellos, 9,903 ucranios y 28,353 rusos, entre enero y febrero de este 2022. No informa el INM el estatus en que se encuentran: si como solicitantes de refugio, residentes temporales o permanentes, trabajadores fronterizos o por motivos humanitarios.
Por cierto, el 1 de marzo de este 2022, encontré en Playa del Carmen, Quintana Roo donde me encuentro desde hace días por asuntos personales, cerca de 30 ucranios manifestando su rechazo a Putin con banderas de Ucrania y condenando la guerra; en 2014 seguro no hubo ucranios por estas tierras condenando el golpe de estado y la guerra de su nuevo gobierno contra territorios orientales que han cobrado mas de 13 mil vidas.
Según la embajada mexicana viven en Ucrania alrededor de 225 mexicanos y sus familias en tanto que al menos mil mexicanos radican en Rusia.
Hoy los ojos del mundo están en la región de Europa Oriental re descubriendo apenas una guerra que lleva mas tiempo, pero a mi criterio, minimizada por los medios occidentales porque los intereses del occidente liderado por los Estados Unidos se abrían paso en un reguero de sangre y persecución política.
Ucrania, como México y tantos países más, pudo haber tenido un futuro prominente; el primer obstáculo lo han tenido en sus contradicciones y diferencias internas.
A finales del primer milenio de la era actual era el estado más grande y poderoso de Europa y su capital Kiev la que contaba con mayor población, pero 300 años después fue destruida por los mongoles.
Posteriormente la parte oriental de su territorio fue ocupado por el imperio ruso y, la occidental, por el imperio austrohúngaro.
La primera guerra mundial y la debacle que vivieron ambos imperios, tanto el austrohúngaro como el zarista, causó que quienes estaban bajo su jurisdicción buscaran su soberanía proclamándose los primeros como República Popular de Ucrania Occidental, en tanto quienes estaban bajo jurisdicción rusa proclamaron la República Popular Ucraniana.
Ambas repúblicas se unificaron el 22 de enero de 1919 y una muestra de sus diferencias fue que ambos bandos mantuvieron gobiernos separados. No sobra decir que durante la conflagración mundial que confrontó a ambos imperios (el austrohúngaro y el ruso), los ucranios participaron divididos también: 3.5 millones de ucranios de lado del ejército imperial ruso y 250 mil del lado austrohúngaro.
Para finales de 1922, Ucrania se convirtió en una de las 4 repúblicas fundadoras de la URSS que llegaron a ser 15 repúblicas socialistas soviéticas a la fecha de su disolución en 1991.
Durante la segunda guerra mundial los nazis invadieron territorios de la URSS entre ellos los de Ucrania causando millones de víctimas. Sin embargo, una parte de ucranios se pusieron del lado invasor con la idea de lograr independizarse de la URSS, pero otra parte, aliados con los rusos, luchó por expulsar a los invasores.
Queda claro que el primer problema de Ucrania no son los gringos con su OTAN ni los rusos. Su problema de origen es interno.
Cuando han tenido un gobierno afín a la república rusa, los opositores buscan y encuentran respaldo del occidente; cuando el gobierno es afín al llamado mundo occidental su oposición es asistida por Rusia.
El expansionismo es consustancial a toda forma de imperialismo y aprovecha las divisiones internas, es cierto; pero también es cierto que quienes no pueden superar sus conflictos voltean los ojos en busca de apoyos que los mantengan en la pelea.
Un poderoso busca subyugar al débil y eliminar a otro poderoso que le sea contrario. Nunca van a poder coexistir de manera pacífica.
Los oligarcas de uno y otro bando echan leña a la hoguera y los demás sufren y mueren.
Está visto en la historia de la humanidad, “desde que el hombre es hombre” pues.
Entre los inocentes juegos infantiles, casi desplazados por los videojuegos, recuerdo “A la víbora de la mar” como un reflejo natural de la necesidad de tomar partido.
Una larga fila de niños pasaba bajo los brazos de dos niños mayores que se tomaban de las manos simulando un puente; uno de ellos era “melón” y el otro “sandía” pero los niños de la fila no sabían cuál era uno u otro. Así, a ciegas, cuando eran atrapados uno a uno al pasar bajo el puente simulado, se les llevaba aparte y les inquirían: “¿con quién te vas? ¿con melón o con sandía?”
De su respuesta dependía detrás de cual niño se formaba. Las filas iban creciendo dependiendo de la respuesta. Cada que un niño se formaba detrás de la fila elegida al azar estallaba la alegría de quienes se encontraban en ella.
No podían faltar las filtraciones y, quedito, cuando pasaban cerca quienes aun no tenían turno para elegir, se les decía en murmullo unos “por melón” en susurro los otros “por sandía” para asegurar un mayor número para el bando en que a ciegas se encontraba.
Al no quedar nadie más por pasar, quienes hacían el puente con sus manos bajaban éstas y jalaban a su contrario en tanto que los integrantes de su fila les apoyaban abrazados de la cintura del de enfrente; la fila que arrastraba a la otra era la ganadora.
La vida adulta tiene el mismo juego, pero sangriento, mortal.
Las guerras militares también se libran en el terreno de la propaganda ideológica buscando forzar condenas al contrario y sumar a la cola de cada contendiente a quienes quisieran ser solo observadores imparciales.
Y aquí nos tienen, con los pocos elementos para juzgar, con desconocimiento de los hechos históricos, de oídas y casi a ciegas, decidiendo si apoyamos a Ucrania o a Rusia, si los aliados de uno u otro tienen la razón.
Los gobiernos que quisieran aparecer como neutrales son presionados para condenar a alguno de los contendientes; sus oposiciones internas, carroñeras, no dejan pasar la oportunidad para tratar de dejarlos mal parados con quienes pudieran en un futuro darles apoyo para levantar cabeza.
Toda guerra es una desgracia, sí, pero es la historia humana. Tal vez Ucrania resulte fraccionada en la geografía política y veamos en su territorio oriental el nacimiento de nuevas repúblicas porque eso sería poner en terreno la verdadera división política e ideológica que tienen y queden como antes de la primera gran guerra, administrados como lo fueron por los austrohúngaros y la Rusia zarista, pero ahora por la OTAN y la república rusa.
Atrapados en sus diferencias internas irreconciliables nos atrapan a todos en ese tablero de ajedrez donde los poderosos mueven sus piezas y sacrifican peones, alfiles, caballos y torres para ganar el juego.
Aquí vemos cómo las autonomías e independencias de los países no pasan de ser buenos deseos, incluido el nuestro tan vulnerado históricamente, y que no pueden elegir ni siquiera ser neutrales y se ven presionados por los susurros y murmullos que se convierten en estridencias para pasar a la fila.
¿Con melón o con sandía?

