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martes, julio 5, 2022
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MENTIROSO MENTIROSO

En los años noventa JIM CARREY interpretó a FLETCHER REEDE, el abogado que graciosamente sufre durante un largo día, por tener que apegarse involuntariamente a la verdad absoluta, en aquella película cómica identificada por algunos como Mentiroso Mentiroso, y por otros, como Mentiroso Compulsivo.

Y efectivamente, para darle sentido a la historia, resulta muy apropiado apoyarse en el ejercicio de una profesión que hace de la retórica su principal recurso para entablar relaciones públicas convenientes, solucionar los pendientes cotidianos con los clientes, sobrellevar las obligaciones familiares, y en general, convivir exitosamente, sacando el mayor provecho de cada situación.

Sí, porque ser abogado implica la creación de un discurso que envuelva a los interlocutores; que les vaya indicando el camino seguro; que marque la pauta de sus acciones a seguir; que disipe cualquier duda y ofrezca todas las respuestas. Ser abogado exige la creación de una imagen que genere a sus clientes una gran dosis de confianza, certidumbre, y entusiasmo; una imagen que cobije a sus representados y los empodere; una imagen que les devuelva la tranquilidad a sus usuarios, aunque sólo se trate de un simple placebo. Ser abogado conlleva la recreación frecuente de lo que ordinariamente se conoce como narrativa, sí, esa palabrita de moda entre los políticos, que, en este caso, se refiere al estilo particular de un asesor legal, para plantear soluciones, desarrollar estrategias y encarar conflictos. Sí, fuera de las películas, en un abogado es importante reconocer y valorar, tanto la contundencia de su lenguaje verbal como la determinación de su lenguaje corporal; en un abogado se debe distinguir y resaltar la calidad de su imagen pública; un abogado sostiene el éxito de su ejercicio profesional en su muy subjetiva narrativa.

El planteamiento de la comedia Mentiroso Mentiroso pondera el uso de la verdad, pero preguntemos en la vida real:
¿Quién está dispuesto a escuchar la verdad?
¿Quién acepta las consecuencias de sus actos?
¿Quién está preparado para enfrentar sus errores, miedos, debilidades?
¿Quién reconoce que ha omitido el cumplimiento de sus obligaciones?
¿Quién renuncia a defender su libertad, su patrimonio, sus derechos?

En la vida real, lo más probable en la mayoría de los casos, es que el discurso e imagen pública de un abogado se construyan desde una óptica práctica, que atienda a las necesidades de personas incapaces de asumirse como la parte de un juicio que no acredito sus derechos. Ni el sector público, ni el empresarial, ni el social, ni un particular, por más despistado que ande, continuarán con los servicios de un abogado que, a priori, les diga que, ponderando la verdad, no hay mucho qué hacer en su asunto, que la razón en ese pleito no está de su lado, que la Autoridad no les concederá lo que pretenden. Nadie acudirá a un abogado que acostumbre a decir la verdad absoluta, porque la verdad no peca, pero incomoda, y te deja desempleado.

En la vida real, algunos abogados exitosos en el servicio público y en el litigio privado, diseñan una narrativa que incluye todas las bondades de su participación en el asunto, todos los infortunios que se evitaron por esa destacada participación, y todas las deficiencias de cualquier otro colega que haya tenido participación en el mismo. Es una narrativa triunfalista, pues nadie quiere que lo asesore y represente un perdedor. Tal vez por la falta de prudencia y por esas muestras de ego incontrolable, el prestigio profesional de los abogados es fuertemente cuestionado por la sociedad, pues son abogados los primeros en lapidar a otros abogados. Aunado a esto y formando un círculo vicioso, la sociedad se limita a una crítica visceral, ya que no utiliza estándares estrictos para la contratación de servicios jurídicos profesionales. Es muy fácil para un particular decir: “mi abogado”, cuando no conocen el grado académico, ni la experiencia laboral, ni los resultados de “su abogado”. La gente no pregunta a “su abogado” ¿De qué Universidad egresó?, ¿Cuántos años de experiencia tiene? o ¿Cuál es su número de cédula? Esos datos no les importan, ellos preguntan cuál es la forma de evadir el problema rápido y sin que les cueste tanto dinero. ¿Y qué decir del servicio público?, sólo ellos entienden los estándares para la contratación de sus asesores legales, deben tener filtros muy muy estrictos de contratación de sus abogados exitosos, que nunca de los nunca se equivocan.

En ese orden de ideas, vemos la importancia de verificar la praxis jurídica. Es en la praxis donde se pueden encontrar alternativas para mejorar el desempeño de la profesión. Es en la praxis donde se pueden eliminar conductas de competencia desleal. Es en la praxis donde se pueden detectar conflictos de interés. Es en la praxis donde se puede rescatar el prestigio profesional de los abogados, y no en las recurrentes conferencias, que no dejan de ser un ejercicio académico de retroalimentación, y un escaparate para el expositor. Es en la praxis, el momento y lugar ideal, para desvanecer la polémica y cuestionada imagen de un MENTIROSO MENTIROSO.

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