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jueves, julio 7, 2022
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UN COMENTARIO POLÍTICAMENTE INCORRECTO, PERO NECESARIO

Lo sucedido con Debanhi Escobar ha sido analizado desde las más diversas ópticas, desde el reconocimiento de lo peligroso que el país está en seguridad; pasando por la legalidad tan deficiente que rutinariamente deja sin efecto cualquier posibilidad de garantizar la propia seguridad de todos, lo mismo por la corrupción que por la incompetencia de los cuerpos de seguridad del Estado; ni que decir de un feminicídio, que nos recuerda la persistente hostilidad que viven las mujeres en todo el país; pasando también, o como un caso de negligencia paterna y falta de solidaridad del entorno inmediato de la víctima, o como el caso de una chica que al verse involucrada por su propio pie, con redes de prostitución entre sectores de la alta sociedad regia, terminó pagando con su propia vida.

Huelga decir que estas dos últimas interpretaciones, se han intentado silenciar lo más posible, por considerarse que sólo contribuyen a revictimizar a la víctima, cual si se dijera que todo lo que ocurrió fue porque se lo buscó, cuando la realidad parece indicar que hay mucho más detrás, de lo que apenas si se habla; y la verdad es que sea una cosa o la otra, si algo hay que el caso hace, es que refleja en forma simultánea un muy amplio abanico de problemáticas actuales, cuya incidencia en todo el país, revela nuestro persistente fracaso social: hay egoísmo, sí, pero también individualismo; hay adultos irresponsables, sí, pero también padres desobligados; hay violencia contra la mujer, sí, y mucha, pero también negligencia pública, tanto para no investigar, como para no afectar los intereses de sectores acomodados; ni que decir negligencia colectiva en el manejo que la cuestión ha recibido a nivel mediático por la sobre exposición del tema.

Algo estamos haciendo muy mal como sociedad, si la muerte de alguien; muerte que se pudo haber evitado de muchas maneras, finalmente ocurriera, sin que ninguna de todas las posibilidades de evitarla alcanzara. Mal los padres en su responsabilidad para con una hija que no tendría porque haber estado en la calle a esas horas, y más con lo mal que el país está en términos de seguridad; mal las amigas que esa noche la acompañaban, en dejarla librada a su suerte, pero también en presuntamente inducirla al lenocinio entre sectores acaudalados; mal el conductor de la unidad en que se trasladaba la chica, al dejar que se bajara sabiendo que no estaba en condiciones; mal las propias autoridades en no querer resolver la cuestión con eficiencia, al no incluir todas las vías de investigación posible, o en desarrollar las investigación con exceso de parsimonia y negligencia, para no afectar los intereses de sectores cercanos al gobernador y otros poderosos; como mal también la propia chica muerta, que con toda una vida por delante, decidiera por cuenta propia arriesgarse a perder lo más por lo menos.

Si se trata de decirlo con todas sus letras, no existe virtualmente ninguna diferencia entre prostituirse, fichar, talonear en las calles, o ir de acompañante y/o ejercer el lenocinio entre sectores acomodados, incluso en tener por conveniencia un patrocinador de planta, o como hoy lo llaman, “sugar daddy” –el nombre es lo de menos; la cosa es exactamente lo mismo: intercambiar intimidad sin compromiso, por dinero o beneficios económicos inmediatos; y llámenlo como quieran, pero eso es llana y sencillamente ejercer el oficio más antiguo del mundo. Y desde luego, es violencia contra la mujer, violencia que no debiera ser ni romantizada, ni mucho menos normalizada, porque hacerlo sólo contribuye a que se siga dando.

Ahora que para quienes andan en ello o se benefician y les molesta que se lo diga de ese modo, es porque aunque no lo quieran reconocer, son mucho más moralistas que aquellos persinados y/o religiosos que cada fin de semana acuden a sus respectivos cultos, para darse golpes de pecho, y les espanta que su propio pragmatismo material quede sin adornos lingüísticos, públicamente al descubierto; tienen tanta moral, que incluso la tienen por partida doble, porque con una no les basta. Y no, el problema no es que le saques rendimiento económico a tu cuerpo, es que existan no pocas mujeres, que se sientan superiores a otras, por hacerlo de forma mucho más disimulada y/o sofisticada que las que ejercen en las calles, con mafias de tratantes de por medio; como también que sigamos siendo una sociedad tan doble moral, que no es capaz de hablar todo, sin tapujos de por medio.

Y no se me malentienda con lo que digo, porque me queda claro que está fuera de toda discusión que existe un grado de violencia extremo, sobre la propia dignidad personal de cualquiera, ahí donde una sociedad eleva el uso de unos sobre otros, al nivel de un valor colectivo deseable, que incluso se lo celebra por todo lo alto, como si de astucia personal o rendimiento económico se tratara. Si se las ha de llevar el diablo, al menos que se las lleve en auto –solía decir mi bisabuela, cuando hablaba de que la mujer debía saber cómo sacarle provecho a sus encantos. Y pienso: el mundo ha de estar de cabeza si venderse uno mismo cual mercancía termina por ser una estrategia perfectamente plausible en un país en el que como dicta la sabiduría popular: quien no tranza, no avanza.

Insisto, algo estamos haciendo muy mal como sociedad, si casos del estilo se han vuelto el pan nuestro de cada día, tanto por lo que toca a la violencia misma, como por lo que va al comercio sexual. Resulta irónico pensar que en la misma generación en la que tanto se habla del respeto irrestricto a la mujer, su belleza física siga resultando un recurso capaz de ser explotado, lo mismo por medios de comunicación, que por aquellos con la solvencia económica para mercadearla. La prevalencia de formas de capital simbólico, que rara vez se discuten públicamente, pero cuyo peso resulta innegable, como lo son la apariencia física o capital erótico, están en el epicentro de una cultura fincada en el hedonismo y en la inmediatez, es la ley del mínimo esfuerzo en su máxima expresión. La lógica de usa a otros tanto como puedas, o terminarás siendo utilizado y sin beneficio alguno.

En semejantes condiciones la dignidad personal y/o la vida misma y todo lo que a esta le rodea, se vuelven un algo más que vender o comprar, y lo que es peor, sin ninguna garantía de por medio. Que si, que el Estado no funciona y que con el gobierno no contamos, esté quien esté, será lo de menos, no porque carezca de importancia que este realmente cumpla con sus responsabilidades como efecto debiera de hacerlo, pero en honor a la verdad, el tema es el cuento de no terminar nunca, porque así lleva siendo desde hace generaciones.

Ahora bien, que semejante insuficiencia institucional nos mantenga a todos rutinariamente en una lotería del infortunio y/o las desgracias, sin que la misma sea públicamente denunciada y/o exigida, y que encima exista quienes por cuenta propia deciden, sin motivos para hacerlo, sobre exponerse por resolver su pasar económico, tendría que ponernos a pensar el tipo de sociedad que colectivamente construimos. Digo, no sé si alguien más se lo ha puesto a pensar así, pero en el sobre exponerse en la calle a altas horas, están inmersos no sólo los jóvenes que deciden salir a la calle, sin medir los peligros, quesque para divertirse o beneficiarse económicamente por hacerlo; están también los conductores que los llevan, como los padres de los jóvenes, que los dejan a su suerte, ni que decir de quienes pagan por caricias o intimidad, –sea o no con mafias de tratantes de por medio–, incluso los trabajadores de cuanto establecimiento está abierto a la hora que sea, trabajadores que sobra decir, se exponen sin opción de no hacerlo.

En tales condiciones, la muerte de una chica más, es el fracaso mismo de la sociedad. De los padres y los amigos, como de quienes se prestan a pagar por usar o quienes se dejan usar. Es el fracaso de todos por igual; unos pagan de inmediato y otros de forma diferida, pero algo es seguro: nadie se va sin pagar; lo mismo por la displicencia y/o socarronería con la que un tema tan crudo, se deja librado a su suerte, como por el manto de doble moral con que se cobija para no indagarlo a profundidad, hasta conseguir que los efectos que el crimen organizado tiene sobre el propio funcionamiento del Estado, se discutan públicamente, o mucho menos se resuelvan, porque claro, no hacerlo es muy lucrativo para unos cuantos.

Y si no fuera suficiente con todo lo que hasta aquí he dicho, tengo que agregar, que si algo hay que me llama la atención y mucho, cuando de estos y otros temas parecidos se habla, –como por ejemplo del fenómeno de los narco juniors–, es como cada vez más, se ve que la incidencia de estos problemas, se repite entre los sectores más acomodados de la sociedad; hablamos de jóvenes de clases sociales privilegiadas, con estudios y un poder adquisitivo por encima de la media, que sin razones aparentes para hacerlo, se ven involucrados en actividades que ya son de por sí peligrosas, al tiempo que los padres de no pocos de los mismos, cierran los ojos y se consuelan ante la idea de que sus hijos no estén entre los que terminen o consumiendo lo que sea, o incluso alimentando su mercado. Es claro que estamos fallando todos como sociedad, pero mientras no tengamos la franqueza de decirlo, difícilmente podremos comenzar remediarlo.

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