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martes, septiembre 27, 2022
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REPÚBLICAS CON ALMA IMPERIAL

La reciente muerte de la reina Isabel II del Reino Unido, a los noventa y seis años de edad, en la residencia real del castillo de Balmoral (Escocia), como no podía ser de otro modo, despertó la curiosidad y/o el interés de propios y extraños alrededor de todo el mundo, tanto por lo que toca al papel que la monarca jugó como un actor de importancia en el contexto internacional del siglo XX, tanto como la posición geopolítica que el país que dirigió ha jugado desde siempre.

Para el caso, es justo decir que el suyo, –con setenta años–, fue uno de los reinados más longevos que ha visto la historia mundial, sólo superado por el reinado de Luis XIV, con setenta y dos años. Como también será necesario decir que con la muerte de dicha monarca se cierra a toda regla la historia política del siglo XX; no es un dato menor recordar que la nonagenaria reina, era la última de los grandes dirigentes políticos del pasado siglo que aún seguía con vida. Lo que hace presagiar que su ausencia pueda llegar a desencadenar cambios político-administrativos de suma importancia para todas las naciones pertenecientes a la llamada Commonwealth, que engloba de forma sucinta a la mayoría de los países y/o territorios que alguna vez fueron parte del colonialismo británico.

Y si bien es cierto que al día de hoy, las monarquías resultan regímenes en franca decadencia, que van por decirlo de algún modo, de salida, porque cada vez son menos los países en todo el mundo que se rigen por dichos regímenes, –estando la mayoría ubicados en Europa y con formas administrativas por demás acotadas, que en nada se comparan con los regímenes absolutistas de los siglos XVII y XVIII–, no es menos cierto que cada y tanto que el tema sale a colación, la cuestión no sirve para otra cosa que reavivar luchas ideológicas intestinas, en las que mucho se dice y poco o nada se resuelve.

Luchas en donde lo común es que unos, en una suerte de nostalgia, se alinean a defender las monarquías; en tanto que otros, en plan jacobino se aprestan a esgrimir cualquier cantidad de principios inspirados en el liberalismo decimonónico, cual si lo que estuvieran defendiendo es el mantenimiento mismo de la ilustración y/o la propia revolución francesa. Para el caso es que ambas posiciones se van siempre por las ramas y asumen argumentaciones cliché que rayan en lo pueril, pero que comparten de común la malsana costumbre de comparar tipos ideales para lo que defienden, frente a casos realmente existentes, para desacreditar aquello a lo que se oponen. Así no se saca nada bueno.

En ese sentido, es cómico que se hable tanto en contra de las monarquías porque promueven sociedades clasistas francamente injustas, pero en cambio se defiendan repúblicas que se comportan peor que monarquías. Hablemos claro: Las cosas como son, porque esa de comparar las monarquías realmente existentes con los tipos ideales de repúblicas democráticas que la teoría política o la historia de la filosofía ideó, es hacernos tontos, y muy tontos por no decirlo más grosero. ¿De qué carajos nos admiramos con las monarquías y/o nos hacemos los falsos atolondrados? ¿De que las monarquías promueven sociedades desequilibradas, sumamente injustas con ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda?

¿De que se mantiene viviendo a cuerpo de reyes a puros zánganos que no producen nada, mientras hay una mayoría que no tiene ni para vivir decentemente? Y ojo aquí, porque no se trata sólo de los que formalmente son funcionarios, sino que se incluye a los familiares de estos, a los amigos y demás cercanos al poder; todo al más puro estilo de una casta gobernante y/o aristocrática en cualquier monarquía. ¿De qué nos admiramos que en las monarquías se heredaran privilegios horrendos y absurdos por generaciones, al punto de que los vuelven patrimonios familiares como ocurría y ocurre todavía en algunos países, mayoritariamente europeos, con los títulos nobiliarios?

Ah pero que hipócritas y/o faltos de memoria somos; porque nuestras democracias latinoamericanas siguen reproduciendo todos estos vicios y más. Ya no hay títulos nobiliarios, pero eso sí, se heredan sin ningún pudor plazas públicas y/o privilegios de concesión y explotación para lo que sea con el visto buen del gobierno, incluido el actual; ya reconocen derechos dinásticos, ni hidalguías o pertenencias de sangre, pero igual es nomás “puro pedo” como vulgarmente se dice en la calle, porque el influyentismo y el compadrazgo siguen a la orden del día; ¿y nos admiramos también, quesque del culto a la personalidad, la ceremoniosidad y la pompa que se le hace a quienes están a cargo de gobierno?

¿Somos o nos hacemos? Y no, no es que sea monárquico o esté de acuerdo con semejante orden, pero yo al menos no me ando con hipocresías para decir que no somos ni de lejos el tipo de sociedad que en el papel defendemos. Somos una república con alma imperial; la verdad es que con todo y lo lioso que la cuestión pueda resultar en términos de establecer comparaciones exacerbadas que no tienen su símil exacto; la verdad es que si escudriñamos la cuestión en lo referente a los excesos más evidentes de desigualdad y/o prevalencia de diferencias sociales, cualquiera puede darse cuenta lo poco que se ha modificado realmente la composición de las élites mexicanas en 200 años de ser una república.

Apenas un 10% del total de las élites actuales son realmente pertenecientes a sectores no privilegiados. El punto es que quienes están en la cúspide de la sociedad llevan siglos siendo parte de una minoría privilegiada; y esto no se lo digo al tanteo, porque hay de hecho muchos teóricos que lo han abordado. En tales condiciones, es prácticamente imposible no terminar por pensar que las nuestras de América Latina, son repúblicas con aires monárquicos, en donde la desigualdad acampa por todo lo alto, en tanto que elites que se dicen democráticas viven cmo si de monarcas a la vieja usanza se tratara, pero eso sí, se las dan de defender las bondades del republicanismo, al tiempo que se hacen los falsos atolondrados por lo que debió haber sido vivir en regímenes monárquicos.

Luego entonces, no hay porque admirarnos demasiado, y para terminar pronto, ya casi ninguna monarquía del mundo es al estilo de las de antaño con poderes absolutos y demás exquisiteces que siempre se esgrimen para pederear con el cuento de que las monarquías son horrendas, cuando nuestras repúblicas funcionan igual o peor que las monarquías de más antes.

Insisto, no estoy por la labor de defender las monarquías, porque vaya que tienen lo suyo, pero la idea de por ello terminar convalidando repúblicas, donde muchas de las contradicciones que justificaron su nacimiento formal, siguen vigentes, deja un muy mal sabor de boca. Desde luego, como siempre digo, cada cual que saque sus propias conclusiones. Pero que al menos sirva la coyuntura para preguntarnos todos, qué es lo que pensamos y por qué.

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