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martes, septiembre 27, 2022
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DEL DICHO AL HECHO

La semana pasada reflexionaba en torno a cómo por razones muy diversas, el desarrollo de nuestra cultura nacional se caracteriza por una persistente diferenciación entre el discurso y el contenido que de ese discurso hacemos en términos de lo público. Lo que ha traído de continuo una debacle institucional con fuertes implicaciones sobre la informalidad y sobre la credibilidad de nuestras autoridades, lo que a su vez termina impactando en nuestras perspectivas de desarrollo material y social, porque siempre hemos terminado viviendo por debajo de nuestras posibilidades, sin embargo, por extraño que parezca, otro tanto cabe pensarse al respecto, cuando de la propia vida personal se trata.

El punto es que idénticas consideraciones respecto a lo público, cabe pensar para lo que toda a lo privado. ¿Que por qué lo digo? La gente cuenta historias raras y vive vidas todavía más extrañas. Las primeras las hace como le hubiera gustado que su vida fuera; las segundas por lo común, las vuelve como se supone que jamás se atrevería públicamente a reconocer que las vivió. Y lo que digo: Si así son las cosas, mejor será que cada cual viva como realmente le dé la gana, y no como muchos hacen, que lo resuelven todo de acuerdo a lo que creen que otros esperan de ellos, cuando lo cierto es que vivir se trata de cumplir con uno mismo. Porque se diga lo que se diga, lo cierto es que quienes a vivir con plenitud y congruencia se dedican, ni tiempo tienen de contarlo, a no ser claro, que de eso vivan.

Si alguna vez te viene en gana contar a otros que todo en tu vida ha sido como a ti mismo te hubiera gustado que fuera, detente. Poco importa el relato de lo sucedido, si antes no se ha sacado de lo vivido aprendizaje alguno. Porque el proceso de hacerlo, apenas comienza con el darse cuenta de lo vivido, más siempre habrá de permanecer pendiente, si el recuento de lo sucedido no se traduce en un modo distinto, claro y efectivo de hacer todo, mejor de lo que hasta ese momento se ha logrado. Hasta entonces, digamos lo que digamos y/o pensemos lo que pensemos, se está virtualmente en la misma posición que quien recién ha confrontado sus creencias con la experiencia propia de vivir.

¿Quién carajos te crees para venir a decirnos cómo vivir si no has resuelto ni la mitad de lo que deberías? –me han dicho muchas veces cuando me da por tocar estos temas, lo mismo por escrito que en vivo. Y aunque es fuerte la tentación de decir por vanagloria, cualquier cosa que me adorne –como de hecho hacen muchos todos los días. Cabe aclarar que cuando comparto lo que aquí describo, no hablo en lo absoluto, de vivir de tal o cual modo, porque en realidad, en aquello de vivir, cada cual se curra o se las arregla como mejor puede o le parece.

Mas no puedo pasar de enfatizar que la distancia entre todo aquello en lo que decimos creer, y lo que en realidad hacemos, se halla en íntima relación con todas esas circunstancias que han vuelto nuestro mundo ese sitio hostil y oligofrénico tras del cual, muchos se llagan a sentir –aún si no lo dicen–, vulnerables o ajenos a cualquier responsabilidad social y dispuestos por ello mismo, a transgredir incluso a quienes no conoce.

¿Pero por qué es que se puede llegar a ser tan indolentes? ¿Acaso miedo, hartazgo o desidia? Tal vez; ¿Será que todo es cosa de permanecer siempre lo más cómodos posible, libres de mortificaciones? Francamente no lo creo; que nadie tiene la menor idea del por qué y para qué es que estamos realmente aquí –dirán algunos para autojustificarse. Puede ser.

Lo que es más, justamente por eso es que creo que, a eso y no otra cosa es que venimos al mundo, a descubrirlo; Que si es todo un maldito valle de lágrimas, como si es bello y maravilloso y no hay en realidad, razón alguna para preocuparnos. Eso lo decide cada quien. Pero lo cierto es que –se crea lo que se crea–, con más frecuencia de lo que sospechamos, todos invariablemente nos hemos visto confrontados al dilema de no hacer ni la mitad de lo que se supone pensamos; vivimos de continuo en la eterna letanía de decir una cosa y hacer otra, o lo que es peor, en la de decir una cosa y luego no hacer nada. Pero ojo, no será cosa de engañarnos a nosotros mismos, lo fuerte no es que exista un mundo de distancia entre lo que decimos o creemos que pensamos, y lo que en realidad nos atrevemos a realizar, tanto como que la más de las veces, no tenemos claro los efectos que dicho dilema acarrea.

Lo que es más, buena parte de todo lo que realmente hacemos, así como de sus resultados más inmediatos, se halla signado por la incertidumbre de no saber en qué modo salir de dicho entrampamiento. Somos para decirlo claramente, menos juiciosos de lo que creemos de nuestro presente por lo que realmente es, que por lo que la vida ha sido en otro tiempo, y ni que decir del futuro.

De ahí que vivamos con frecuencia, exculpándonos –no sin cierto atisbo de idiotez–, en la falsa expectativa de reconocer lo vivido a partir del presente, o el futuro, dando por descontado lo porvenir, cuando está claro que lo único que tenemos es el aquí y ahora; o lo que es lo mismo, que muchas veces nos culpamos por lo vivido, a la luz de la información presente, olvidando que si en ese momento hubiéramos sabido lo que hoy sabemos, difícilmente habríamos resuelto todo del modo en el que lo hicimos.

El problema es que de ese modo, se tiene pocas o nulas posibilidades de asumir la responsabilidad de hacernos cargo por lo vivido, y estar por ello mismo, dispuestos a reparar nuestros tropiezos. Lo cual, si bien puede ser en apariencia tranquilizador, garantiza también, que nuestras contradicciones permanezcan en modo indefinido, frenando cualquier posibilidad de crecimiento y liberación. En todo caso, si algo creo necesario recordar, es que la vida es un continuo estado de emergencia, donde cada acto, pone a prueba nuestra capacidad para afrontar el reto de existir, de modos muy diversos y usualmente divergentes de los que alguna vez imaginamos hacerlo.

De ahí que ningún momento pasado o presente se parezca entre sí. Del mismo modo que darlo todo, no sea sólo una opción plausible, sino antes bien, un recurso personal ineludible en el esfuerzo de hacer de nuestros días, una experiencia permanente de aprendizaje y crecimiento, donde la más relevante de nuestras opciones individuales, se manifieste en una recíproca integración con la comunidad y el reconocimiento del bien común como umbral de nuestro propio bienestar.

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