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jueves, julio 7, 2022
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CON CARIÑO PARA MIS MAESTROS

Hace un par de días alguien me preguntó que por qué daba clases cuando el oficio de dedicarse a la enseñanza está tan infravalorado y no se le remunera como se debería. Y me dio por pensar que aunque tienen razón los que así piensan, no es menos cierto que lo poco o lo mucho que sé se lo debo todo a mis maestros. Todo desde lo más elemental hasta lo más elaborado y/o sofisticado que pudiera rememorar en términos intelectuales y humanos, se lo debo a mis maestros. Luego entonces me puse a pensar que dar clases para mí, es devolverle a las nuevas generaciones un poco de lo mucho que me dieron mis propios maestros; y aunque quisiera poder trabajar como tal toda la semana, como alguna vez lo hice a nivel universitario –algo que la vida me arrebató por tener la insolencia de atreverme a decir públicamente lo que pienso de los muy malos gobiernos locales–, hoy puedo agradecer a la vida que de a poco vuelvo otra vez al aula para contribuir a que más gente elija su propia área de formación universitaria.

Que sí, que quiero y sé que puedo contribuir a mucho más, desde luego; pero tras mucho tiempo sin poder dar clases de forma regular, con lo mucho que me gusta, algo es algo y lo agradezco sobremanera. Porque para mí, dar clases… Es algo tan natural sin lo que no podría ser yo, es algo que siento tan mío, como el acto mismo de poner por escrito lo que me importa. Es común que en estas fechas me dé por acordarme de mis maestros, hay tanto que se quedó para siempre conmigo aunque nunca fui para nada el mejor de los alumnos; recuerdo a Miss James, aquella muchacha de 23 años rubia de ojos verdes y figura espigada, que en primero de primaria llegaba todos los días en bicicleta con una sonrisa de oreja a oreja, la recuerdo con enorme cariño porque ella me enseñó el valor de creer en mí mismo; recuerdo también al maestro Antonio Rocha de sexto de primaria, si algo agradezco de haber tenido que repetir años en la primaria por no saber español, es haber tomado clases con ese maestro, nunca olvidé su disciplina y dedicación, de él aprendería que uno es maestro adentro del aula y aún afuera de esta.

Recuerdo también con especial atención al profesor Viscarra y sus consejos en plena adolescencia, cuando más solo me sentía porque ni era adulto, ni era niño, vaya si tuvo infinita paciencia, no tengo idea de lo que hubiera hecho si no hubiera podido contar con la posibilidad de ser escuchado; recuerdo también con mucha gratitud y cariño al maestro Raúl de Física en primero y segundo de secundaria, ese mismo hombre de 50 años que admiré por el valor que tuvo de ponerse a estudiar la carrera que había querido en su juventud, pero que tuvo que dejar por falta de recursos. Ni que decir que recuerdo con especial cariño y añoranza a la maestra Ángeles Ocaña de Historia del Arte y de Geografía en prepa, la misma mujer de semblante duro, que lo mismo la odiaba, –porque no dejaba nunca de dictar, al punto que me dolía la mano–, que la amaba, por su talante libertario y su bendita disposición a contarnos respecto a los movimientos estudiantiles de los 60’s y 70’s.

Recuerdo con profunda admiración y cariño al profesor Miguel Ángel Sánchez y sus clases de Filosofía y Etimologías, así como de Redacción en la preparatoria; gracias a él fue que desde muy joven tuve la oportunidad de descubrir el librepensamiento y que no estaba solo en términos de cuestionar el orden de relaciones dominante, difícilmente habría estudiado lo que estudié en la licenciatura, de no haber sido por su influencia, gracias totales por las lecturas que me compartió, jamás las olvidé; por recomendación suya terminaría leyendo la saga de Caballo de Troya de J.J. Benítez, o “Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica” del Filósofo español Pepe Rodríguez; gracias por su diligente labor en invitarme a leer a la llamada generación de los siete sabios, probablemente otra hubiera sido mi historia y/o el camino que tomara si no los hubiera leído en preparatoria, de ahí se derivaría mi admiración por el viejo liberalismo mexicano.

Recuerdo con especial cariño a mis maestros de la licenciatura, con suma gratitud les digo gracias, a quienes me hicieron sentir que formaba parte de algo. Recuerdo a la maestra Enriqueta Serrano; ella sería durante mis años de licenciatura lo más parecido a una madre, siempre preocupada de todos y cada uno de mis compañeros como si de sus propios hijos se tratara. También recuerdo con especial cariño a Hugo Borjas, lo admiraba como si de un hermano mayor se tratara, tanto porque hablaba de Ciencia Política, como porque le gustaba leer y escribir, algo con lo que de inmediato me sentí identificado, ojalá hubiera entendido tantas cosas mucho antes, estoy seguro que me habría evitado tantos problemas.

Recuerdo también a Diego Reynoso, Patricio Rubio y Julián Durazo-Hermann, por su erudición intelectual y la facilidad con la que citaban a todos esos intelectuales y politólogos que tanto aprendería admirar, con ellos terminaría conociendo a Gerardo Munck, Guillermo O’Donnell, Larry Diamond, Samuel Huntington, Robert Putnam, Norberto Bobbio, Giovanni Sartori y tantos más. Con ellos llegaría a conocer el tema que mejor conozco de Ciencia Política, la teoría del cambio de régimen y los estudios sobre calidad de la democracia. Quienes realmente me conocen saben que mataría por volver a escribir y dar clases de ello. Maestros y más maestros se me acumulan no en la memoria, sino en el corazón.

Maestros también los docentes en la Licenciatura de Psicología que años después de mi primera formación universitaria emprendí; recuerdo con especial cariño de aquella etapa a los profesores Maldonado y Víctor Gutiérrez Espericueta, así como a la maestra Rosario González Pérez y al maestro Enrique Aguilar. Maestros los de las aulas, pero también los de la vida, porque nada de lo que he intentado o enfrentado últimamente sería lo mismo sin la impronta de su amistad y sus palabras, como de su ejemplo. Maestro mi estimado amigo Juan Chessani, maestros los líderes sociales que su amistad me ha permitido conocer y reconocer.

Maestros las personas que el camino de la vida me ha obsequiado en forma de amigos, Octavio, Paola, Emiliano, Susana, Clara, Marcos, Ricardo, Claudio, Pedro, Sara, Verónica y cada uno de aquellos con los que he compartido convicciones, maestros de vida, esfuerzo y superación, maestros que permanentemente me recuerdan la importancia de no desfallecer, de no dejar de intentarlo. Maestros mis tíos Javier del Toro, Memo Rocha y Eduardo Cerda, maestros mis primos y mi hermano; como mi padre y mi madre; uno de Física, la otra de Teología y Valores. Así de amplio es el amor que por la vocación de la enseñanza siento. Porque aunque soy el más malo de los maestros y el peor de los alumnos –ya que nunca me conformo con las respuestas de la corriente dominante de pensamiento y siempre pido a mis propios alumnos que cuestionen incluso lo que yo mismo les imparto–, debo decir con toda claridad que siempre los tengo presentes a todos y cada uno, cuando de dar una clase se trata.

No sé, capaz me olvido de alguno de tantos maestros que la vida me ha dado y no quisiera ser tan injusto, pero a veces pasa que no te das cuenta de todo lo que verdaderamente debes en préstamo a todos aquellos que te han formado y te dieron conocimientos; espero pronto volver a las aulas universitarias, para no dejar de dar clases nunca; me gusta pensar que si lo hiciera, tendría mucho más en lo que poder ayudar a la formación de las nuevas generaciones. Gracias a todos y cada uno de nuestros maestros, estoy convencido de que nadie deja más en nuestras vidas que aquellos que nos forman y/o trasmiten conocimientos. En ese sentido, habría que decir que nos demos cuenta o no, todos hemos jugado alguna vez el papel de maestros, que sí, es cierto, todos los días nos toca aprender, pero también a veces nos toca a nosotros mismos ser los intermediarios en el aprendizaje de otros.


P. D. Gracias a los que hoy me dicen felicidades, –hace más de 13 años que soy Docente, porque me apasiona–, ¿pero qué tal los demás días del año cuando me pagan a destiempo, incompleto y por debajo de lo que la ley indica que toca, con un sistema donde uno hace todo, y todos los alumnos deben pasar sí o sí, porque así lo exigen las estadísticas? Ser maestro es muy fácil cuando se tiene plaza sindicalizada pública bien remunerada, y todo tipo de prestaciones hechas para premiar la sumisión y el servilismo, pero se vuelve todo un calvario cuando lo haces desarropado de las prebendas del oficialismo, a horarios partidos, –corriendo siempre de un lado a otro para llegar a tiempo–, sin hacer antigüedad, –porque te hacen contrato cada 3 o 6 meses–, y con una remuneración lo que sigue de inmoral. ¿Mi diagnostico? ¡Querido país, estás reprobado!

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